Colectivos de São Paulo crean huertos comunitarios y educan sobre los residuos para busca soluciones climáticas.
Originalmente publicado en Global Voices en Español
Este texto de Felipe Barbosa, Gabrielly Souza, Thauane Blanche y Thila Moura se publicó originalmente el 22 de abril de 2026 en el sitio web de Agência Mural. Es parte del proyecto Planeta Territorio – Tecnologías de Alfabetización Climática, de Território da Notícia en asociación con el Instituto Clima y Sociedad. Global Voices lo reproduce con ediciones, en virtud de un acuerdo editorial.
Colectivos y organizaciones de las periferias de São Paulo y de la región metropolitana transforman realidades locales al unir educación ambiental, movilización comunitaria y soluciones prácticas para enfrentar la crisis climática. Zonas antes destinadas como basureros pasaron a ser huertas comunitarias que ahora abastecen a familias. También hay proyectos para combatir la deforestación y la urbanización clandestina.
Agência Mural seleccionó cuatro colectivos que trabajan con la población local para mitigar el impacto del cambio climático y promover la educación ambiental en sus territorios.
Plantar y cosechar
En el Jardín Lapena, en la zona este de São Paulo, punto de vertido irregular de basura, se convirtió en una huerta comunitaria que alimenta a decenas de familias. Fue ahí que Maria Edilene, de 39 años, fundó el Colectivo de las Marías. “El mayor placer que tengo es hablar y que no fue el poder público el que acabó con la basura”, dice.
El cambio comenzó hace cerca de 14 años, cuando Maria se encontró con un cúmulo de sacos de basura frente de su casa. Molesta porque sus hijos y otros niños estaban expuestos a materiales tóxicos, mal olor, ratas e insectos, decidió actuar. “Me rehusaba a criar a mis hijos al lado de la basura”, cuenta.
Sola, comenzó a limpiar el espacio y movilizó a otros vecinos. Inicialmente, siete vecinos se sumaron a la iniciativa colectiva. Maria pasó a cultivar té en el local, práctica que remite a su origen nordestino. Lo que comenzó de forma intuitiva se consolidó con el tiempo, como una acción de educación ambiental. “En esa época, no sabía cómo se llamaba, pero poco a poco empezamos a saber”, dijo.
Con el avance del trabajo a lo largo de los años, la zona se transformó en una huerta comunitaria, que cultivo de hortalizas como lechuga, zanahoria, betarraga y rábanos, además de plantas medicinales, conocidas como “farmacia viva”.
Toda la producción es agroecológica, no usa agrotóxicos, respeta el tiempo de la naturaleza y la polinización de abejas, pájaros y mariposas.
El espacio abastece directamente a 72 familias, que participan de un sistema de compostaje comunitario, proceso biológico que transforma residuos orgánicos (restos de alimentos, cáscaras, hojas) en abono natural. A partir de ahí, los lugareños contribuyen a residuos orgánicos, que se pesan y registran, y a cambio tienen acceso a los alimentos de la huerta
Para Nathalia Souza, agricultora local de 30 años, el trabajo representa un cambio de perspectiva. “Nunca imaginé que saldría del Nordeste para trabajar con la tierra [en São Paulo]. Hoy, veo del mundo de otra forma”, dice.
La proximidad con la familia, la reducción de los desplazamientos y el contacto con la tierra están entre los principales beneficios. “Aprendí a comunicarme con la naturaleza. Eso cambió mi rutina, mi alimentación y cómo me veo”, concluye.
La Bacia do Guarapiranga abastece a más de cuatro millones de personas en la región metropolitana de São Paulo, pero se ve afectada por la deforestación, ocupaciones irregulares y contaminación por aguas servidas mal tratadas.
Uno de los análisis más recientes del proyecto “Observando ríos” clasificó el agua del arroyo Ribeirão da Ressaca, en los barrios de Ressaca y Caputera, en el límite entre Embu, Cotia e Itapecerica, como “defectuoso” (alto nivel de contaminación no apta para el consumo).
“Los indicadores evidencian la falta de acciones educativas y actuación política para garantizar un saneamiento eficiente”, sostiene Rodolfo.
Dentro de las escuelas
La educación ambiental también es uno de los objetivos de la ambientalista Adriana Abelhão, de 59 años, vicepresidente de Preservar Ambiental, en Itapecerica da Serra. La ONG se creó en 2009, con atención en la lucha contra le deforestación en el barrio de Itaquaciara, blanco de urbanizaciones clandestinas y de construcciones irregulares de galpones y vertederos. También busca medios de llevar conocimiento ambiental a la comunidad.
“Cada vez más habitantes de las ciudades cercanas nos buscan para que los orientemos sobre denuncias ambientales y proyectos de educación ambiental”, dice Adriana. “Desde la vecina a quien le gustan los árboles en su calle y quiere protegerlo, representantes de la causa animal, hasta grupos de vecinos que se organizan para enfrentar agresiones grandes contra el ambiente”.
En materia de educación ambiental, el grupo trabaja en cuatro escuelas estatales con el proyecto «Conexión Naturaleza», dirigido a alumnos y maestros. «tratamos temas como el cambio climático, las fuentes de agua, el saneamiento básico, los residuos sólidos y las soluciones basadas en la naturales. Son dos años de trabajo y cuatro meses en cada una de las cuatro escuelas asociadas», explica el ambientalista.
Educar para sembrar
En el Cursillo Comunitario de las Pimientas, una parte significativa de los alimentos que consumen alumnos y voluntarios se cultiva en el mismo local. Está en Guarulhos, en el Gran São Paulo, y el espacio reúne a 130 jóvenes y 20 voluntarios, de entre 18 y 23 años. El espacio tiene un área verde, con iniciativas como huertos frutales, huertos alimenticios y medicinales.
El cursillo también tiene un apiario de abejas nativas de la Mata Atlántica y promueve el reciclaje de materiales entregados por la comunidad. Los artículos los comercializan los voluntarios, y el dinero obtenido contribuye con los estudiantes aprobados en universidades del interior y de otros estados.
El biólogo Marcus Vinícius, de 27 años, exalumno y ahora voluntario, destaca que el curso se volvió un polo de oportunidades en una región con poco equipamiento ambiental. “Es un trabajo colectivo, de muchas manos. Obtenemos diariamente los resultados”, dice.
Priscila Narcizio, de 35 años, es gerente ambiental y profesora voluntaria, y cuenta que los alumnos llegan con curiosidad, participan en actividades y llegan con la determinación de aplicar lo aprendido.
“Replican las prácticas en casa, como composteras simples y recolección de agua de lluvia, y seguimos unidos con la familia. Vemos ese retorno en el día a día”, señala.
Escrito (Português) por Agência Mural
Traducido (Español) por Gabriela García Calderón Orbe
Ver artículo original (Português)
